Inspirar o imponer
La desvinculación puede ser justificada y la decisión, difícil. Pero este tipo de decisiones necesitan algo más que convicción para ser ejecutadas.
La desvinculación puede ser justificada y la decisión, difícil. Pero este tipo de decisiones necesitan algo más que convicción para ser ejecutadas.
Con esta actitud, ciertas organizaciones incurren en una doble incoherencia. Por una parte, reproducen la lógica excluyente de ciertos feminismos. Por otra, reducen un problema humano y cultural de enorme densidad a una mera ecuación, como si la transformación de las relaciones entre hombres y mujeres pudiera resolverse por planilla.
Durante años escuchamos al oficialismo afirmar que “la credibilidad de las víctimas” debía ser un principio rector de la política pública. Sin embargo, cuando el caso afectó a una figura central del propio gobierno, ese principio desapareció de escena. La reacción fue tardía, ambigua y marcada por una evidente preocupación por los costos políticos.
El episodio Steinert no revela un problema institucional o jurídico, sino una señal temprana de fragilidad comunicacional en el gobierno entrante.
¿Qué ocurre con los jóvenes que destacan en la PAES, pero cuya trayectoria no encaja en el relato de la exclusión que ha sido predefinido para validar el mérito? Al restringir el reconocimiento solo a ciertas biografías “autorizadas”, se invisibiliza la diversidad de historias de superación que atraviesan a la sociedad.
El desafío del próximo gobierno no es negar las demandas de las mujeres ni asumir una agenda identitaria, sino reformar el Ministerio de la Mujer para que vuelva a resolver problemas concretos.
Advertir que la tragedia que hoy vive Venezuela es resultado sobre todo de un régimen que ha despreciado la democracia representativa, los derechos humanos, y el orden internacional es una exigencia mínima de honestidad intelectual. Cuando se renuncia a pensar la historia con matices y causalidades que son sumamente complejas, la política se transforma en puro moralismo selectivo. Y ese tipo de ceguera nunca sale gratis.
Cuando el feminismo se transforma en una herramienta de cancelación selectiva, deja de ser emancipador y se convierte en un dispositivo de poder más.
Desdramatizar la frase “sin Allende no hay Pinochet” no es revisionismo ni negacionismo: es rehusar la infantilización moral de nuestra memoria histórica.
Si Kast triunfa, será responsabilidad de todos, pero sobre todo de quienes encabezan el proyecto de cambio.