La agresión a Ximena Lincolao no es solo violencia, sino también un discurso. Nos dice que los mapuches pueden ser una causa noble que se defiende todo el año, pero una ministra mapuche es una ofensa, por ser ministra y por ser mapuche. Nos dice que la lucha de clases es una bandera hasta que llega alguien que la ganó.
Los feroces tropezones de la actual vocera de Gobierno en sus primeros días “habitando el cargo” (como se dice hoy muy siúticamente), dan pie para que nuestro columnista elabore un repaso histórico de quienes han desempeñado la función, desde 1932 hasta ahora.
El actuar inconsulto y descomedido de estos dos parlamentarios se basa en la idea de que la democracia chilena es tan sólida que incluso lanzarla a los cerdos o al cráter de un volcán en ebullición no le hará mella.
Valenzuela es la sombra de Kast y a la vez su perfecto contrario. Tan chileno como Kast es alemán, tan gordo como Kast es flaco, tan rápido como Kast es cuidadoso, tan despiadado como Kast es piadoso.
Desde la distancia —y también, de algún modo, desde la cercanía— nuestro columnista reconoce que no votó por el actual Presidente, pero confirma que, honestamente, le interesa que le vaya bien. Por lo mismo, se permite darle algunos consejos.
Todos los economistas que conozco alaban el estilo con que Jorge Quiroz escribe sus papers e informes. Pero nada de ese estilo sutil e inteligente ha traspasado a sus primeras apariciones en los medios.
María Pía Adriasola no está aquí para administrar un cargo y sus símbolos. Está para evangelizar a los que se le crucen por delante. Por eso duerme en La Moneda: porque esto no es un trabajo ni un puesto. Es una decisión de vida que la involucra por entera, día y noche.
Desde el punto de vista de la nueva izquierda en que fue criado, Boric fue desde el primer día una decepción. No era del pueblo, ni jugaba del todo a serlo. No era insolente y tampoco jugaba a serlo. No era un rebelde, y su vistosa falta de corbata no engañaba a nadie. Cuando asumió, hace cuatro años, ya parecía lo que es y lo que fue: un estudiante deseoso de aprender. Un poco torpe, pero finalmente bien intencionado. El presidente moviendo las manos, poniéndolas en el corazón, guiñando el ojo a los amigos presentes en la sala el 11 de marzo del 2022 ya revelaba quizás algo de su debilidad esencial. Ese lenguaje de campamento universitario en el Congreso pleno de la República fue un resumen y una señal del delirio de pureza que emborrachó a su generación.
Milei era en esta ceremonia un invitado más, pero terminó siendo algo más: una tentación, un espejo y un delirio. Lo que vimos en el Congreso ese día no fue solo diplomacia ni protocolo. Fue fanatismo.
Kast puede ser mesiánico pero no está loco, aunque ha cometido estas semanas la locura de abandonar su temple para ajustarse al guion de Trump. Pero para hacer las cosas como Trump hay que ser Trump, o ser Milei y vivir en un país desesperado.