La censura de las buenas intenciones
Lo inquietante es que hayamos empezado a confundir con tanta facilidad escuchar con aprobar. Invitamos a una escritora a un festival y, de pronto, parece que su presencia certificara cada una de sus opiniones. Como si sentarse frente a alguien, escuchar sus argumentos y eventualmente contradecirlos fuera una forma de adhesión.